1.1. El contrato social

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Imagen 5. Autor: Tim Asch. Dominio público

En sociedades primitivas existen algunas formas de liderazgo basadas en el reconocimiento social. Buscar, obtener y mantener una posición social de prestigio era una empresa muy costosa entre algunas tribus primitivas, tal y como lo han documentado estudios antropológicos. Si alguien deseaba obtener la estimación de los demás, debía acometer una tarea antes que los demás y/o agasajar con regalos y banquetes a un gran número de personas. Y, aún así, su posición de poder era generalmente inestable y precaria, pues no se apoyaba en el uso de la fuerza, sino en la capacidad de atraer, seducir y mantener a un grupo amplio de seguidores.

 ¿Crees que esos cabecillas se parecen a los líderes actuales?


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El nacimiento de las primeras formas históricas de poder político obedece a dos causas estrechamente interconectadas:
  • al aumento de la población propiciado por la aparición de la agricultura y la ganadería, y
  • al sedentarismo, también resultado y consecuencia de la aparición de la agricultura y de la ganadería.
Y es que, durante el Neolítico, los excedentes alimentarios facilitaron no solo el aumento del número de individuos que forman parte de una misma comunidad, sino el incremento del control social, unido a la propiedad de la tierra y a la necesidad de defenderse de posibles enemigos. 

Pregunta Verdadero-Falso
Señala si las siguientes afirmaciones son verdaderas o falsas.


1. En todas las comunidades humanas conocidas ha existido siempre alguna forma de poder político definido:

Verdadero Falso


2. La aparición del poder político está unido a la aparición de la agricultura, la ganadería y el sedentarismo:

Verdadero Falso

El contrato social

El constitucionalismo exige convenios, pactos en la arena política. No es casual que, en Inglaterra, en pleno siglo XVII se fraguara e instalase una serie de ideas en torno a la necesidad del contrato social. Los defensores del contractualismo intentaban, desde el mundo del Derecho, explicar los orígenes del Estado para, a partir de hipótesis más o menos verosímiles, extrapolar el pasado al presente y justificar de este modo la naturaleza "pactista" del poder político. Dicho de otra manera. Los que apoyaban la teoría del contrato social procedían no solo a iluminarnos los pasadizos del tiempo, sino a reconstruir los caminos de la Historia dando por supuestos acontecimientos no sucedidos, pero que en su opinión habrían podido suceder. Dos fueron los paladines del contractualismo: Hobbes y Locke. El primero influirá en Rousseau, el segundo tendrá enorme ascendencia sobre el pensamiento político de Montesquieu.

a) Thomas Hobbes (1588-1679):

Cuando Hobbes procedió en su obra Leviatán (1651) a exponer los ejes de su filosofía política, en su Inglaterra natal pugnaban dos partidos. Por un lado, estaban los “Monárquicos”, que apoyaban los fundamentos de la monarquía absoluta aduciendo que esta institución procedía directamente de Dios. Y, por otro, los “Parlamentaristas” cuyos miembros reclamaban, por medio de la instauración de un gobierno asambleario democrático, la limitación de la soberanía real. Hobbes, que no se inclinó por ninguna de estas concepciones, se movía en el eclecticismo. Y aunque mantuvo la creencia de que la autoridad reside en la persona del rey -motivo por el cual fue criticado por los Parlamentaristas-, también subrayó que el poder del monarca no provenía de Dios, razón por la que fue rechazado entre los Monárquicos. Y es que Hobbes postulaba la separación entre religión y política, así como la ruptura y quebrantamiento de la legalidad sobrenatural. Lo cual implicaba aceptar que el monarca era un mortal, y no un representante de Dios en la Tierra.


Para Hobbes los seres humanos, mucho antes de convivir en sociedad, habían vivido asilvestrados, sin normas y no conociendo más ley que la fuerza. En esas condiciones cada hombre podía desplegar su poder y, por instinto de autoconservación, emplear la violencia frente a otros con el fin de salvaguardar su vida. En el estado de naturaleza sucedía que <<homo homini lupus>>, que el hombre es el lobo para el hombre, pensaba Hobbes. Pues bien, para salir de tan atroz situación fue necesario, argumenta Hobbes, un poder centralizado (el Estado) que humanizara la realidad. O mejor, fue necesario crear un Estado fuerte o Leviatán que impusiera la paz, favoreciendo que cada hombre renunciara a su derecho originario de autodefensa.

Pero, ¿cómo se alcanzaba ese Leviatán o cómo se cedía el dominio individual a favor de la potestad y jurisdicción del Estado? En definitiva, ¿cómo se unificaban dentro de una estructura política los deseos de cada persona? Pues, por medio de un pacto social. Así, según Hobbes, el Estado era fruto de un contrato libre entre seres humanos que, al acatar y reconocer la autoridad del Estado, decidieron perder su libertad y, a cambio de protección (defensa de la vida, de la paz y de la propiedad), admitían someterse ante quien o quienes poseían el poder político.

Y es que en la perspectiva de Hobbes el Estado estaba administrado bien por un individuo, bien por una elite, que en calidad de soberano o soberanos regían los destinos y la voluntad del Estado. La monarquía o, en su caso, la aristocracia pasaba a poseer de manera absoluta todos los resortes del poder político que, de principio a fin, era indivisible. Y además de que nunca existía espacio para la soberanía popular, en el modelo contractual hobbesiano de obediencia sumisa a la Ley no había posibilidad alguna de libertad. Tampoco cauces para elevar quejas ante la injusticia del Poder.

b) John Locke (1632-1704):

Locke expuso sus teorías en sus Ensayos sobre el gobierno civil (1660–1662), Carta sobre la tolerancia (1689), etc. Compartió con Hobbes la creencia de que el pacto social bastaba por sí para explicar el origen del Estado. A pesar de este paralelismo, Locke no aceptó nunca que el contrato social fuera un medio para despojar a la ciudadanía de sus derechos y justificar, de paso, el poder absoluto.

A diferencia de la concepción pesimista de Hobbes sobre la ley del más fuerte, Locke desarrolló un visión optimista del estado de naturaleza, ya que para este filósofo los derechos (a la vida, a la salud, a la libertad, a la propiedad) resultaban inalienables. Dicho de otra manera. Los derechos que pertenecían por naturaleza al ser humano no podían ser enajenados bajo ninguna circunstancia o por ningún motivo.

Pero, si en el estado de naturaleza cada persona había de respetar los preceptos que marcaba la ley natural y, llegado el caso, podía castigar al que transgrediendo dichos preceptos generase daño, ¿cómo era posible lograr imponer la razón en medio de actos de sinrazón o, lo que es igual, cómo era posible que un individuo en un acto de legítima defensa fuese al mismo tiempo juez, parte y verdugo?

Fueron estas limitaciones, inherentes al estado de naturaleza, las que según Locke motivaron el abandono del estado natural y, a la postre, la aceptación de un contrato social. Dicho de otro modo: los seres humanos se constituyeron en comunidad tras renunciar a su originario derecho natural (a defenderse, a juzgar y castigar los delitos). Es más, al pactar la creación de un poder público y colectivo (el Estado) buscaron los medios para lograr no solo la imparcialidad de las leyes, sino una autoridad competente para que éstas se cumplieran con justicia y desde la equidad.

Sin embargo, podía ocurrir que el Estado, alejándose de su función (el bien del pueblo y la defensa del derecho natural de todos y cada uno de los ciudadanos), dejase tanto de aplicar los criterios de imparcialidad como de utilizar el principio de justicia social. En esa circunstancia, precisa Locke, el pacto social quedaría totalmente destruido, quedaría completamente anulado. ¿Y ello por qué? Porque, a su juicio, si la constitución del Estado nunca supone la pérdida o anulación de los derechos naturales, existentes en el estado de naturaleza, entonces ningún poder puede valer más que la libertad de los individuos y ninguna persona y/o institución tiene potestad para actuar imponiendo su derecho sobre los derechos de la ciudadanía.

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Puedes ampliar tus conocimientos sobre el origen divino y humano del poder en las páginas enlazadas. Y conocer mejor las condiciones históricas que están en el origen del contractualismo.

Icono IDevice ¿Sabías que...?

En un pasado cercano, los seres humanos estuvieron gobernados por líderes que eran reverenciados y considerados sobrenaturales. La creencia en el origen trascendente del poder permitía considerar al gobernante emisario de la voluntad divina.

 

Imagen 8. Autor: Tsukioka Yoshitoshi.
Dominio púb

En estas coordenadas, el poder era indiscutido e indiscutible. Y dado que no había margen para negar u oponerse a la voluntad divina, el ejercicio político de la autoridad poseía una naturaleza absoluta, amén de desmedida.

La búsqueda de un poder humano, que no mitificado se produjo al inicio de la Edad Moderna gracias a la jurisprudencia de los teólogos españoles pertenecientes la Escuela de Salamanca, opuestos a los excesos y abusos del poder de los gobernantes. Y más tarde, y también bajo el influjo de la jurisprudencia salmantina, a la labor de otros filósofos que incidían en la necesidad de controlar y poner fin al autoritarismo. Tal fue el caso de J. Locke, que defendería la división tripartita del poder, postulado que retomaría y con éxito el barón de Montesquieu.