1.2. Sobre la legitimidad

La legitimidad del poder se ha percibido de maneras distintas a lo largo de la historia. Max Weber (1864-1920) propuso una perspectiva interesante. Según este filósofo y sociólogo alemán hay tres formas básicas de legitimidad:
Imagen 15. Autor: Rigaud. Dominio público
Imagen 16. Autor: Desconocido. Licencia Creative Commons 3.

1.- La legitimidad basada en la tradición se fundamenta en la costumbre y tiende a asentarse y a justificar hábitos de conducta tanto en el ser humano, de manera individual, como sobre la comunidad, de forma colectiva. De hecho, las antiguas monarquías perpetuaban dinásticamente su poder basándose en la fuerza de la tradición, o sea, en el hecho de que sus antepasados habían gobernado desde siglos atrás y por la inercia de los tiempos. Nadie cuestionaba, así, su derecho a mandar aunque, en otros casos, la legitimidad de la tradición se amparaba asimismo en la idea de que los reyes encarnaban la voluntad divina.

2.- La legitimidad basada en el carisma alude a la capacidad especial que poseen algunas personas para atraer o fascinar a las demás. Rasgos caracteriológicos y temperamentales, como seguridad, autoconfianza, firmeza, inerrancia, convierten a determinados individuos en depositarios de la autoridad del Estado. El carisma es sociológicamente algo muy caprichoso y variable, y por ello el poder basado en esta forma de legitimidad no solo posee rasgos autoritarios, sino que además puede acabar abruptamente con quienes lo encarnan. Fue el caso de Mussolini, de Hitler, Stalin, entre otros.

Apegados a esta concepción carismática y bonapartista del poder, autores como Oswald Spengler (1880-1936) o Friedrich Nietzsche (1844-1900) han creído que el Estado depende de la existencia de individuos que, en virtud de sus cualidades suprahumanas, deben hacerse con las riendas del poder.

3.- La legitimidad basada en la legalidad descansa en el hecho de que el poder se busca, alcanza y mantiene dentro de un marco de respeto legal considerado justo. NO EXISTEN EXCEPCIONES JURÍDICAS. Esta es la forma de legitimidad que se se basa en el convenio, en el acuerdo y en el refrendo de la ciudadanía. Es la legitimidad elaborada racionalmente y acatada democráticamente, en la que los derechos y obligaciones son aceptados mediante el consentimiento recíproco de un pacto social.

A estas ideas hay que añadir otra: para Max Weber el Estado era neutro, es decir, no irradia en sí mismo una finalidad ni buena ni mala, pues es una entidad que posee el monopolio sobre el uso legítimo de la fuerza. Lo que implica que el Estado puede servir para cualquier finalidad que la sociedad se proponga, sea aquélla buena o mala. En consecuencia, el Estado como instrumento social es en sí mismo neutro, aunque los usos que deriven de él puedan ser buenos o malos.

 

 

 

 

 

 

Icono de IDevice de pregunta Pregunta de Elección Múltiple
1) En las sociedades antiguas los gobernantes debían su poder a:
  
a) La voluntad divina.
b) La voluntad general del pueblo.

2) En las sociedades en las que el poder político y el poder religioso no están claramente delimitados (como en los reinos cristianos medievales o en la actuales sociedades islámicas fundamentalistas) se considera que el poder:
  
a) Es asunto de las personas.
b) Es parte del plan del gobierno divino.

3) En las sociedades democráticas actuales:
  
a) Religión y política están claramente diferenciadas.
b) Los gobernantes son elegidos por el pueblo, pero siempre con el visto bueno de las autoridades religiosas.

Icono de iDevice Reflexión
Lee con atención el siguiente texto del antropólogo estadounidense Marvin Harris (1927-2001), perteneciente a su obra Jefes, cabecillas y abusones:

"¿Puede existir la humanidad sin gobernantes ni gobernados? Los fundadores de la ciencia política creían que no. [...] ¿Anida en el hombre una insaciable sed de poder que, a falta de un jefe fuerte, conduce inevitablemente a una guerra de todos contra todos? A juzgar por los ejemplos de bandas y aldeas que sobreviven en nuestros días, durante la mayor parte de la prehistoria nuestra especie se manejó bastante bien sin jefe supremo.

La vida del hombre transcurrió durante treinta mil años sin necesidad de reyes ni reinas, primeros ministros, presidentes, parlamentos, congresos, gabinetes, gobernadores, alguaciles, jueces, secretarios de juzgado, coches patrulla, furgones celulares, cárceles ni penitenciarías. ¿Cómo se las arreglaron nuestros antepasados sin todo esto?" (Marvin Harris, Jefes, cabecillas y abusones, Alianza Editorial, Madrid, 1993, pp. 5 y 6).

En la película de John Huston El hombre que pudo reinar, basada en un relato de Rudyard Kipling, se cuenta la historia de dos aventureros ingleses en las tierras de Kafiristán, un territorio legendario situado en el actual Afganistán. Uno de ellos es tomado por un dios y se convierte en rey de los kafiristanos. Pero, éstos no tardan en descubrir el engaño y entonces...