Ejercicios

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Frente a la revolución comercial del teatro barroco, el teatro neoclásico busca asentarse de nuevo en las reglas de las tres unidades: espacio, acción y tiempo. Se estableció la separación de lo cómico y lo trágico. Se impuso la contención imaginativa, eliminando todo aquello que se consideraba exagerado o de "mal gusto". Se adoptó una finalidad educativa y moralizante, que sirviera para difundir los valores universales de la cultura y el progreso.

El teatro se hace así representativo de una época de mesura y "justo medio". Y se adapta a las corrientes impuestas por Francia al resto de Europa. Y en esta línea quien destaca es Leandro Fernández de Moratín, cuyas obras alcanzaron tal éxito que se habla incluso de la "comedia moratiniana".

La obra que vamos a comentar es la más conocida —se sigue representado en la actualidad— de este autor. Ataca la educación hipócrita de las jóvenes en los conventos de monjas y los matrimonios por dinero entre ancianos y jovencitas y realza el valor de la libertad y la sinceridad. En La mojigata critica la hipocresía y la falsa piedad. La comedia nueva o El café es una burla hacia los dramaturgos que ignoran las reglas del teatro clásico.

Repasemos el teatro neoclásico y, con ello, todo el siglo XVIII, a través de un fragmento de El sí de las niñas, estrenada el 24 de enero de 1806, de la escena 10 del acto tercero. En él el joven don Carlos le confiesa a su tío que está enamorado de la prometida de su tío. Léelo con detenimiento.

Imagen 1. Autor: John Lewis Krimmel . Dominio público

"DON DIEGO.— Quiere saber su tío de usted lo que hay en esto, y quiere que usted se lo diga.

DON CARLOS.— ¿Para qué saber más?

DON DIEGO.— Porque yo lo quiero y lo mando. ¡Oiga!

DON CARLOS.— Bien está.

DON DIEGO.— Siéntate ahí... (Siéntase DON CARLOS.) ¿En dónde has conocido a esta niña?... ¿Qué amor es éste? ¿Qué circunstancias han ocurrido?... ¿Qué obligaciones hay entre los dos? ¿Dónde, cuándo la viste?

DON CARLOS.— Volviéndome a Zaragoza el año pasado, llegué a Guadalajara sin ánimo de detenerme; pero el intendente, en cuya casa de campo nos apeamos, se empeñó en que había de quedarme allí todo aquel día, por ser cumpleaños de su parienta, prometiéndome que al siguiente me dejaría proseguir mi viaje. Entre las gentes convidadas hallé a Doña Paquita, a quien la señora había sacado aquel día del convento para que se esparciese un poco... Yo no sé que vi en ella, qué excitó en mi una inquietud, un deseo constante, irresistible, de mirarla, de oírla, de hallarme a su lado, de hablar con ella, de hacerme agradable a sus ojos... El intendente dijo entre otras cosas..., burlándose..., que yo era muy enamorado, y le ocurrió fingir que me llamaba Don Félix de Toledo, nombre que dio Calderón a algunos amantes de sus comedias. Yo sostuve esa ficción, porque desde luego concebí la idea de permanecer algún tiempo en aquella ciudad, evitando que llegase a noticia de usted... Observé que Doña Paquita me trató con un agrado particular, y cuando por la noche nos separamos, yo me quedé lleno de vanidad y de esperanzas, viéndome preferido a todos los concurrentes de aquel día, que fueron muchos. En fin... Pero no quisiera ofender a usted refiriéndole...

DON DIEGO.— Prosigue...

DON CARLOS.— Supe que era hija de una señora de Madrid, viuda y pobre, pero de gente muy honrada... Fue necesario fiar de mi amigo los proyectos de amor que me obligaban a quedarme en su compañía; y él, sin aplaudirlos ni desaprobarlos, halló disculpas, las más ingeniosas, para que ninguno de su familia extrañara mi detención. Como su casa de campo está inmediata a la ciudad, fácilmente iba y venía de noche... Logré que Doña Paquita leyese algunas cartas mías; y con las pocas respuestas que de ella tuve, acabé de precipitarme en una pasión que mientras viva me hará infeliz.

DON DIEGO.— Vaya... Vamos, sigue adelante.

DON CARLOS.— Mi asistente (que, como usted sabe, es hombre de travesura y conoce el mundo), con mil artificios que a cada paso le ocurrían, facilitó los muchos estorbos que al principio hallábamos... La seña era dar tres palmadas, a las cuales respondían con otras tres desde una ventanilla que daba al corral de las monjas. Hablábamos todas las noches, muy a deshora, con el recato y las precauciones que ya se dejan entender... Siempre fui para ella Don Félix de Toledo, oficial de un regimiento, estimado de mis jefes y hombre de honor... Nunca la dije más, ni la hablé de mis parientes, ni de mis esperanzas, ni la di a entender que casándose conmigo podía aspirar a mejor fortuna; porque ni me convenía nombrarle a usted, ni quise exponerla a que las miras de interés, y no el amor, la inclinasen a favorecerme. De cada vez la hallé más fina, más hermosa, más digna de ser adorada... Cerca de tres meses me detuve allí; pero al fin era necesario separarnos, y una noche funesta me despedí, la dejé rendida a un desmayo mortal, y me fui, ciego de amor, adonde mi obligación me llamaba... Sus cartas consolaron por algún tiempo mi ausencia triste, y en una que recibí pocos días ha, me dijo cómo su madre trataba de casarla, que primero perdería la vida que dar su mano a otro que a mí; me acordaba mis juramentos, me exhortaba a cumplirlos... Monté a caballo, corrí precipitado el camino, llegué a Guadalajara, no la encontré, vine aquí... Lo demás bien lo sabe usted, no hay para qué decírselo."

¿Qué te ha parecido la escena? ¿La ves propia del XVIII?

Efectivamente, el tema de ese amor apasionado no es propio del siglo XVIII, por eso el discurso de don Carlos tiene tanta importancia, pues no intenta convencer a su tío con razones, sino con la bravura.

¿Cómo se observa esa caracterización?


El diálogo es la base del teatro. ¿Es realmente un diálogo lo que se establece entre tío y sobrino?

Por último, veamos cómo encaja la obra en la producción de Moratín.