2. Las Hispanias cristianas

Monumento al Cid en San Diego (California)
25. Fotografía de Stan Sheb, licencia Creative Commons
26. Fotografía de Zaqarbal, licencia Creative Commons.

Entre el siglo VIII y 1492, el territorio de la Península Ibérica no sometido al dominio islámico va a experimentar un crecimiento continuo, a partir de los primeros núcleos de resistencia aislada que surgieron en las montañas del Norte: en la Cordillera Cantábrica y en los Pirineos.

Desde el punto de vista de la minoría visigoda que huyó al Norte, Hispania se había perdido, pero la idea de que debía ser restaurada se mantuvo viva, en parte gracias a un hábil uso de la ideología y de la religión. Sin embargo, gran parte de los habitantes de los núcleos de resistencia tenían poco de Hispanos, pues pertenecían a poblaciones que habían sido débilmente romanizadas y que habían vivido bastante al margen del reino visigodo de Toledo.

Astures, cántabros y vascos constituyeron la base poblacional de los territorios enfrentados a Al-Andalus, y unidos a miembros de la élite visigoda huidos al Norte fueron el germen de diversos estados que, en un proceso de casi ocho siglos, avanzaron hacia el Sur hasta acabar definitivamente con la existencia política de Al-Andalus en 1492.

Icono IDevice Objetivos

La idea de Hispania seguía viva en el siglo IX.

Por entonces (siglo IX y siguientes) el nombre de España se aplicaba por los cristianos (naturalmente en latín) a la vasta tierra peninsular ocupada por el islam; para ellos tierras por reconquistar...

El soberano castellano-leonés Alfonso VI, conquistador de Toledo (1085), capital de la antigua España visigoda, no vaciló en titularse Totius Hispaniae Magnificus Triunphator; llegando finalmente su nieto a coronarse en 1135 como efectivo emperador, y lo que es más significativo, con el reconocimiento y hasta la presencia personal del rey de Navarra, los condes de Barcelona, Toulouse y Gascuña, e incluso el rey moro Zafadola de Zaragoza... Testimonio, en todo caso uno más, de la permanencia en los siglo XI y XII del reconocimiento de la integridad de España como identidad a reivindicar.

 

E. Benito Ruano, "Los reinos cristianos medievales y la idea de España",
en De Hispania a España, V. Palacio Atard (ed.), Madrid, 2005, pp. 81-82.


La historia de las Hispanias cristianas en esta estapa es una historia marcada por la fragmentación política y por la guerra:

a) La fragmentación política debe entenderse en dos sentidos. Por una parte la unidad del antiguo reino visigodo se rompió entre los cristianos del Norte, dando lugar a diversos reinos y condados independientes, y a veces enfrentados entre sí, pese a tener una religión y un supuesto enemigo común. Pero a su vez, cada uno de estos estados se vio fragmentado por un sistema político, el feudalismo, que dejaba gran parte del poder en manos de la nobleza y la iglesia, que controlaban extensos territorios en los que la autoridad de los reyes, del Estado, era meramente simbólica.

b) La guerra es otro factor importante en el tipo de sociedad y economía que se implanta en los territorios cristianos. Una guerra que no es sólo contra el enemigo islámico, sino que afecta a las relaciones entre los estados cristianos, y dentro de cada uno de ellos entre grupos nobiliarios enfrentados por controlar el poder y la riqueza.

Iluminación del Beato Facundo.
28. Imagen Wikimedia Commons, dominio público

Santiago matamoros
27. Fotografía de Error, licencia Creative Commons

El aparato ideológico, la Iglesia, se esforzó por canalizar las ansias guerreras de las élites nobiliarias contra el islam, dando pie a la idea de la reconquista y de la cruzada, una lucha contra el enemigo de la fe cristiana justificada por la recuperación y restauración de la Hispania perdida.

Esta guerra fue apoyada por el Papado y en ella participaron en diversos momentos, como cruzados, nobles procedentes de toda Europa.

Fue tal vez el espíritu de cruzada internacional, unido a las peregrinaciones a Santiago de Compostela, hábilmente potenciadas por el poder político, el vínculo que conectó a los territorios cristianos de la península con el resto de Europa, y los abrió a influencias culturales y económicas que en el período visigodo se habían perdido.