8. Los poetas aragoneses

Nadie duda del florecimiento de la literatura aragonesa actual, pero la poesía es una disciplina en la que los nombres aragoneses han brillado a lo largo del siglo. Rasgos surrealistas pueden encontrarse en el poemario del zaragozano Tomás Seral (1908-1075) Mascando goma de estrellas (1931), poeta muy vinculado a la figura de Ildefonso-Manuel Gil (Paniza, 1912-Zaragoza, 2003), con quien colaboró en Noreste, una de las revistas míticas del panorama literario aragonés. Ildefonso es uno de los nombres de referencia y aludiremos a él más adelante.

De la generación de Ildefonso-Manuel Gil, y alrededor de la tertulia del café Niké, surgen diversos manifiestos poéticos, en línea con la llamada OPI (Oficina Poética Internacional). Con mayor o menor integración en el grupo hay que hablar de Manuel Pinillos, Luciano Gracia, Guillermo Gúdel, Fernando Ferreró, el manchego Antonio Fernández Molina y, figura señera, el malogrado Miguel Labordeta (1921-1969), máximo exponente de la poesía aragonesa de posguerra, incomprendido en su momento -el vanguardismo de su obra choca a primera vista con la poesía de denuncia reinante en los cuarenta y cincuenta- y aclamado con posterioridad como el eslabón imprescindible entre las viejas vanguardias y la modernidad. Son obras suyas Sumido 25 (1948), Violento idílico (1949) y Transeúnte central (1950). En este enlace de la Enciclopedia Aragonesa puedes consultar más información sobre Miguel Labordeta. Su obra completa fue publicada en 1972 por Ediciones Javalambre, proyecto en el que participó activamente su hermano José Antonio Labordeta (1935), poeta también y célebre cantautor.

Algo posteriores son los apreciables poetas Julio Antonio Gómez, José Antonio Rey del Corral y Rosendo Tello (Letux, 1931), cuya cadencia poética y cuyo vigor simbólico resultan sobrecogedores. Entre los nombres más contemporáneos destaca Ana María Navales (1939-2009), Ángel Guinda (1948), José Luis Rodríguez (1949), Manuel Forega (1952) o Joaquín Sánchez Vallés (1953).

Ya de los sesenta son poetas con suficiente obra publicada y reconocimiento nacional Ángel Petisme, Manuel Vilas y Gabriel Sopeña.

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Aquí tienes una réplica del tarjetón con el que un instituto de Zaragoza convocó en 2002 un acto literario para celebrar el 90 cumpleaños del poeta Ildefonso-Manuel Gil.

 

 

No hacía mucho, en 1999, Olifante, una editorial aragonesa de extenso y cuidadoso catálogo poético, había publicado un excelente libro del maestro, Por no decir adiós, del que en seguida extraeremos una hermosa composición. Ildefonso-Manuel Gil es la memoria activa de un siglo entero durante el que no ha dejado de conocer tierras y gentes, de lo que da cuenta en sus libros de memorias, pero también en su dilatada trayectoria poética. Muchos de esos viejos recuerdos pueblan sus obras; una de ellas, Por no decir adiós, que es la penúltima, sirve de recuento vital, es una especie de testamento. A partir de cualquier acontecimiento en apariencia insignificante, el poeta recuerda en estas páginas los momentos deslumbrados de su juventud, y percibimos en sus versos el asombro por el tiempo trancurrido. El poemario, con ciertos rasgos métricos clásicos, está lleno de homenajes, de deudas sentimentales, de lealtad a quienes siempre quiso. Por no decir adiós enseña a mirar la vida sin rencor. Y hay en él constantes reflexiones sobre lo que la poesía y la palabra –la materia prima de la literatura– tienen que decir en todo esto. He aquí el poema que hemos seleccionado:

 

   Me asomé a la ventana. Neviscaba
y en débiles reflejos
brillaban leves copos
volados por el cierzo.

   Amanecía muy a duras penas.
Puse la frente en el cristal sintiendo
la caricia del frío.
Un pronto inesperado de misterio,
y una dulce desgana
iban del corazón al pensamiento.

   Volví a la cama, náufrago
en un mar de silencio
en el que parecía
haberse muerto el tiempo.
Después... no sabré nunca
si en la vigilia fue o en el ensueño,
se oyó el pregón antiguo: «¡Lilas,
de la Casa de Campo, vendo!».

   Súbitamente luz y sol reinaron
en un cielo de par en par abierto.
Olía a sementera, a risa nueva,
mientras yo iba al encuentro
de aquél que había sido y ya no era
ni dejaba de serlo,
una pasión en vilo,
un sutil equilibrio sobre el verso
sosteniendo la línea de mi vida,
continuado desvelo
en guerra y en amor con la palabra
vencedora del tiempo.
El día recobraba su andadura
y mis hombros su peso.
Las lilas se alejaron tenuemente
deshojando sus ecos.

Se trata del cuarto poema de la primera parte del libro, en el que evoca, a partir del presente –un día invernal–, un antiguo episodio; y lo hace meditando sobre el paso del tiempo y el misterio de la memoria, convertida en esa palabra que sostiene «la línea de mi vida». Un bello y nostálgico poema, en fin, con ecos machadianos, que una vez leído, da pie a un breve ensayo en el que destaques los elementos más significativos.