1.2. Una nueva concepción del arte

  • El artista: Durante el Renacimiento, los artistas no eran considerados más que meros artesanos, al igual que en la Edad Media, pero por vez primera fueron vistos como personalidades independientes, comparables a poetas y a escritores. Fiel reflejo de lo que decimos lo tenemos en la proliferación de biografías sobre artistas renacentistas: Las Vidas de Vasari.
  • El mecenazgo: al igual que el artista asume, como recuperador de las glorias de la Antigüedad, su nuevo papel, el arte encarna nuevas funciones para los mecenas. Las obras realizadas por éstos, asumen un poder de prestigio y ostentación. El mecenas protegía casi paternalmente al artista a quien exige la conservación de sus antigüedades, la invención de artilugios militares o la construcción de su villa campestre, además de la pintura de un retrato, retablo, etc. Así, por ejemplo, grandes mecenas como los Médicis, apoyaron a Botticelli o Ghirlandaio.
  • Arte y ciencia: la voluntad renacentista de equiparar arte y ciencia está demostrada. Para los artistas de la época, las ciencias son un medio para conocer y explicar plásticamente la realidad. Se experimentan varias técnicas pictóricas en esta época, la más importante de las cuales es la perspectiva lineal (inventada en la época), donde las líneas paralelas se representan como convergentes en un punto de fuga. Los artistas estudiaron el efecto de la luz natural, así como el modo en el que el ojo percibe los diversos elementos de la naturaleza. Desarrollaron la perspectiva aérea, según la cual los objetos perdían sus contornos y su color a tenor de la distancia que los alejaba de la vista. También se estudiaron, al intentar reducir las formas al lenguaje matemático, las formas del arte clásico, las ideas de proporción, orden y medida (antropocentrismo y antropometrismo).
  • El Renacimiento de las imágenes: aunque en el arte renacentista perduró la iconografía religiosa, se recuperarán otras imágenes que enlazan directamente con la Antigüedad. La mitología pagana, autores como Ovidio, y el gusto por el desnudo, serán algunas de las nuevas preocupaciones de los artistas de la época.
  • Los tratadistas: en la implantación y codificación de todos estos ideales, destacará la labor realizada por los tratadistas. Sobresalen muchos en esta época: Alberti (De Pictura, o De Re Aedificatoria), Filarete con su Tratado de Arquitectura, Diego de Sagredo, Medidas del Romano, etc.
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Durante el Renacimiento adquiere una dimensión la consideración social del artista que pasa a ocupar un puesto destacado en la sociedad.


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El arte del Renacimiento fue una manifestación y un componente importante de un mundo en el que, estando en crisis la estructura feudal, el individuo exigía resolver por sí mismo, fuera de la tutela eclesiástica, los problemas relativos a la realidad, al pensamiento y a la conciencia. En ese mundo, más propio, sin embargo, del pensamiento de una "elite... la de los humanistas, que del pensamiento social", el cambio de valoración social e incluso profesional del arte fue relativamente lento. En el siglo XV, el pintor, el escultor o el arquitecto, generalmente de procedencia modesta, hijo de artesanos o de comerciantes de escasa fortuna, salvo casos excepcionales como el de Brunelleschi, cuyo padre era notario, o el de Alberti, hijo natural de un patricio, eran considerados aún como artesanos. Después de adquirir los mínimos conocimientos de escritura y de lectura en escuelas monásticas y conventuales, quien quisiera dedicarse a las artes entraba como aprendiz en el taller de un maestro hasta que obtenía dicho grado, con el que se le permitía trabajar por cuenta propia. No era, pues, como cabría suponer, el genio o el talento innato (términos propios del siglo XVI) los que daban derecho a los artistas a ejercer su profesión, sino el aprendizaje conforme a las normas de un gremio laboral, cuya exigencia no se suspendió, y sólo en Florencia, hasta 1571.

Como en la Edad Media, el taller no era sin más un lugar de aprendizaje, sino un centro de creación de obras de arte; en él, los aprendices se convertían en mano de obra barata a cambio de ser iniciados en los secretos del oficio. Allí, los jóvenes, casi niños, aprendían desde la fabricación de pinceles hasta la utilización del cincel, y también allí iniciaban sus primeras prácticas colaborando con el maestro en los fondos de las representaciones, en los paños, o en las partes menos importantes de las figuras.

Ese espíritu artesano que gobernaba los talleres del Quattrocento tenía mucho que ver también con la dispersión de los encargos que recibían, desde retablos de altar hasta armas, diseños de orfebrería, taraceas, tallas pintadas, etc. Ello obligaba al artista a dominar varias técnicas, a la manera que lo había hecho el polifacético artesano medieval. De todas estas técnicas u oficios, la arquitectura, como integradora de todos los demás, era considerada la más noble.

La obra de arquitectura era el símbolo más aparente y ostentoso de la nueva cultura, y a su práctica tendieron escultores como Brunelleschi, Michelozzo, Filarete, Bernardo Rossellino, Piero Lombardo; carpinteros, como Antonio da Sangallo, Giuliano da Sangallo y Benedetto da Maiano, y, entrando en el siglo XVI, pintores como Bramante y Rafael, por no citar la figura polifacética por excelencia: Miguel Ángel.

Con todo, para Alberti (De re aedificatoria), "un arquitecto no es un carpintero o ebanista (...); el trabajo manual no es más que un instrumento para el arquitecto que, por medio de una habilidad segura y maravillosa y de un método, es capaz de completar su obra (...) y para poder hacer esto, debe tener un discernimiento perfecto en cuanto a las ciencias más nobles y exactas". Aunque, a decir verdad, en el Quattrocento, el oficio de arquitecto era el menos definido de todos los oficios artísticos, y ni tan siquiera había un gremio que velara por sus intereses profesionales o que supervisase, como en el caso de pintores y escultores, la educación de sus miembros.

La formación múltiple, sin embargo, fue cediendo poco a poco a una cierta tendencia a la especialización, impulsada por el ideal de educación humanista y por la valoración creciente del arte en la sociedad de la época. Mientras que los teólogos medievales no hablaron casi nunca de las artes, y mucho menos de los artistas, sino del arte como abstracción y manifestación de la belleza divina, en el siglo XV empezó a sentirse cierto orgullo de aquellos artífices que convertían las mudas paredes o las maderas de los retablos en obras que confundían con la propia realidad.

VV.AA. Hª Universal del Arte. Renacimiento (I).-

Ed. Planeta. Barcelona 1990. págs. 16-17-19


¿Era el taller un mero lugar de aprendizaje?

¿Cuál era el símbolo más aparente y ostentoso de la nueva cultura?