A
Boucher se le criticaba de una manera falsa, a pesar de toda la admiración que
su público sentía por su obra, por pintar cabezas de mujer más bonitas que
bellas, más coquetas que nobles, pero al fin y al cabo en el fondo era lo que
encantaba en esta sociedad final del Rococó en la que lo frívolo, erótico y
sensual se convertía en un juego social. Aquí tenemos el retrato de Louise
O`Murphy, una joven irlandesa de licenciosas costumbres, que trabajaba como
modelo del propio Boucher y que, en 1753, fue durante un breve espacio de
tiempo amante de Luis XV. Aquí no se representa a una Venus de clásica belleza,
sino a una jovencita en una pose provocadora de clara carga sensual.
En
realidad está retratando no al personaje sino el gusto de la sociedad francesa
del momento. Una imagen que retrata a un grupo social, la clase aristocrática y
alta de ese periodo, la cual se ve reflejada en este erotismo que trasmite la
composición y que es un fiel reflejo de su sentir colectivo. Un sentir que
potenció esta temática acuñando un término para la misma: "peinture de seins et
des culs"
Talleyrand,
hombre de esa época, lo aclara cuando dice: "Quien no ha vivido antes de 1789
no conoce la dulzura de la vida". Esto puede darnos una idea de la vida que
llevaba esta clase social. Por "dulzura de la vida" se entiende, naturalmente,
"la dulzura de las mujeres, ellas son la diversión preferida de la época. Como
dice el crítico Arnold Hauser "se quiere siempre y sobre todo ver desnudos; el
desnudo viene a ser el tema preferido de las artes plásticas. El Rococó invade
con su cultura epicúrea, con su sensualismo y su esteticismo. La nobleza
cortesana vivía, en su mayor parte, para sus placeres.
Boucher
es el que capta con acierto este mundo. Es el maestro inigualable del género
erótico y junto a Watteau con sus reflejos de las fiestas galantes, compendian
los temas más importantes de la pintura rococó.