1. El mundo anterior: Aristóteles y el Geocentrismo.
Luego es evidente que la Tierra está quieta (nuestros mismos sentidos así nos lo dicen, ¿no?). Casi podríamos considerar que lo natural es pensar de este modo. No observamos movimiento alguno en el lugar donde habitamos. Si la Tierra se trasladase a la velocidad que hoy en día nos dicen (106.400 km/h, o 29,5 km/sg., como prefieras), ¿cómo no lo íbamos a notar?
Además, las Sagradas Escrituras venían a dar la razón a los filósofos griegos (en el Eclesiastés 1, 4-5, leemos que la Tierra permanece siempre en su lugar, y en el libro de Josué, capítulo 10, éste ordena al Sol que se detenga).
De esto modo, el sistema del Universo era geocéntrico, y todos los planetas giraban alrededor nuestro describiendo círculos perfectos (pues el círculo es el movimiento perfecto, y la perfección es lo que corresponde a los cielos mismos).
Claro que había un problema: algunos planetas, como hemos señalado, no se atenían a las normas descritas por los filósofos y teólogos, y realizaban movimientos nada armónicos. Constituían lo que el historiador de la ciencia T.S. Kuhn denominó una anomalía, un problema sin resolver dentro de un paradigma, de una determinada manera de entender la ciencia.