6. Ejercicios resueltos
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| Imágen 1. Autor: Severiano Monge. Banco de recursos del ISFTIC. Autorizado su uso educativo no comercial |
La estación
"Este año, todos los habitantes de Pecellín de los Montes se mostraban un poco alterados. Empezaremos diciendo que estos no eran más de un centenar y que todos superaban la cuarentena. Siempre habían disfrutado de una relativa tranquilidad, centrados en sus faenas sin que nada les perturbara. Las relaciones entre ellos son fáciles; se conocen de toda la vida y no tienen nada que reprocharse. ¿Qué ha sucedido, entonces?
Diego, el de la tienda de ultramarinos, no para de decir que él ya lo advirtió, que más sabe el diablo por viejo que por diablo y que él, que no tiene dos pelos de tonto, ya lo había vaticinado; pero todos se habían reído de él. ¿Qué interés turístico —le habían respondido— iba a tener su pequeña aldea? Llevaban muchos años viviendo allí, solos, y nadie se acercaba, ni siquiera a pasar unos días durante el verano.
La señora Regina (‘señá Regina’ para todos) era una de las que más se oponían a la idea de ese señorito de la capital. ‘Pos estaríamos apañaos’. Jeremías, que hacía las veces de alcalde, intentaba poner paz: "Bueno, venga... que no se diga que no semos gente civilizá". ‘Tú a callar —le habían contestado todos— que fuistes el que estuvistes en tratos con ese señorito. Bien nos has echado encima a los perros’.
‘¡Callarse ya, coño! Me tenéis tos hasta las narices —dijo el señor Juan, que hacía las veces de electricista, fontanero, albañil y que servía, en definitiva, para cualquier apaño—. Contra más discutáis menos conseguiremos. Ya habíamos preveído que esto podía suceder, así que vamos a buscá entre tos una solución. Y si no, apaga y vámonos’.
Decidieron llamar a Don Jaime, el señorito. Este llegó un poco asustado de lo que allí iba a encontrar y preguntando por un párquin donde guardar su espléndido BMW. Venía con un compañero del que la ‘señá Regina’ pensó que Dios los cría y ellos se juntan.
—Bueno —empezó diciendo. Pues aquí me tienen ustedes para resolver sus dudas. ¿De acuerdo? Estoy seguro... bueno... estamos seguros de que, finalmente, conseguiremos llegar a un acuerdo satisfactorio para todos.
—Ejem (carraspeó Jeremías). Yo... como representante de la autoridá en esta villa, digo que... bueno... ¡No queremos estación de esquí! Sabemos que será pan pa hoy y hambre pa mañana. Acabará ocasionándonos prejuicios, eso seguro.
—No será así. Si ustedes hacen la vista gorda y aceptan el compromiso, obtendrán un buen beneficio.
La ‘señá Regina’ intervino:
—Miré usté. Nosotros semos gente honrá, sin ansias de dinero; solo queremos tranquilidá y no nos gusta nada la aptitud de ustedes. Irse ya y dejarnos. Y no me contradizcan, que me conozco. Usté nos prometió el oro y el moro y nosotros no nos creemos na. Puede que aquí haiga mucha gente analfabeta, pero no nos andamos por las ramas... ¡Andar con Dios y pelillos a la mar!
Don Jaime decidió que no era buen momento para negociaciones. Sería mejor tomar ahora las de Villadiego y volver el próximo fin de semana, cuando los ánimos estuvieran más calmados. Entonces les convencería hablándoles de dinero negro. Estaba deseando llegar a casa y agarrar el ratón de su portátil para ampliar su información sobre Pecellín. Seguro que encontraba algo interesante... Les iba a dejar a todos entusiasmados con su próximo discurso. Ya no sería él entonces el nominado para salir del pueblo."
Seguro que has podido distinguir con facilidad dos niveles del lenguaje claramente diferenciados. Por una parte, los habitantes de Pecellín, todos gentes sin estudios que cometen en su conversación un buen número de vulgarismos. Por otra, don Jaime, el señorito de la capital, cuyo nivel es culto.
