4.1 La teoría del conocimiento en Hume.
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Tratado de la naturaleza humana de D. Hume |
Imaginemos un experimento a la manera de Hume, pero con los medios de hoy en día. Todo lo que tengo que hacer es pensar en las imágenes de cuando una bola de billar golpea a otra, pero a cámara lenta, y veré que nada hay en mi mente sino una sucesión constante de imágenes, nada más. El que un evento se pueda considerarse como causa y otro como efecto es algo que no capto en mi experiencia (más bien parece que es mi propia forma de organizar la experiencia).
Además, recordemos que en lo físico no hay nada que implique contradicción: puedo pensar que cuando una bola golpea a la otra, ésta segunda no se mueva.
¿Nunca has visto algunas jugadas que parecen imposibles?
Jamás podremos afirmar con certeza la existencia del mundo exterior, pero eso no nos importa para seguir viviendo. Lo único que quiere mostrar Hume con esta crítica es la excesiva confianza tanto de los racionalistas como de algunos empiristas en las capacidades humanas; la creencia en la existencia independiente y continua del mundo exterior está tan arraigada en nuestra imaginación que es imposible desarraigarla. Pero ello no significa que podamos demostrar, como pretendían los filósofos anteriores, ni siquiera nuestra propia existencia.
Así, el concepto del yo o alma, fundamental hasta entonces en toda la historia de la filosofía, se nos muestra también como el último reducto metafísico. Si aplicamos a la idea del yo la misma crítica que hemos realizado en el caso de las bolas de billar, si de nosotros mismos no tenemos más que impresiones sueltas, fotogramas o recuerdos de nuestra propia existencia, entonces, ¿dónde habita ese supuesto "yo" del que hablan los otros filósofos? El "yo" se nos muestra así como un "haz de percepciones", como el río de Heráclito en su devenir constante. No existe impresión alguna constante e invariable del propio sujeto; esa es la conclusión de la crítica humeana a la metafísica tradicional.
