Gobierno de Aragón
Lengua Castellana y Literatura
2º - Lengua Castellana y Literatura
La literatura reflejo de su época

Neoclasicismo

El siglo XVIII -lo hemos visto cuando hemos hablado del contexto- es el siglo de las luces. Los intelectuales de la época creyeron poder hacer una sociedad mejor dejándose guiar por la razón. La razón se convierte en el criterio y en la medida de cualquier conducta humana.

Los reyes de la época adoptaron el despotismo ilustrado como forma de gobierno que pretendía educar al pueblo en los valores de la racionalidad y la ciencia.

El teatro se constituyó en un instrumento privilegiado para la transmisión de esos valores y especialmente el teatro de Leandro Fernández de Moratín (del que te ofrecemos un fragmento) expresaba esta necesidad de racionalidad, justicia y honor que constituyen el credo del neoclasicismo.

 

JUSTO.- Sí, yo le preguntaré... (Viéndole.) Su vista me quebranta el corazón. (A los centinelas.) Despejad. (A TORCUATO.) Sentaos. (Los centinelas se retiran, y TORCUATO se irá acercando poco a poco a una de las sillas, donde se sienta.) Sentaos, amigo mío; ya no soy vuestro juez, pues sólo vengo a consolaros y daros una prueba de lo que os estimo. Vuestra honradez me tiene sorprendido, y vuestra franqueza me parece digna de la mayor admiración; pero siento que os hayan sido tan perjudiciales.

TORCUATO.- El honor, que fue la única causa de mi delito, es, señor, la única disculpa que pudiera alegar; pero esta excepción no la aprecian las leyes. Respeto, como debo, la autoridad pública, y no trato de eludir sus decisiones con enredos y falsedades. Cuando acepté el desafío preví estas consecuencias; por no perder el honor me expuse entonces a la muerte, y ahora por conservarle la sufriré tranquilo.

JUSTO.- Pero ¡tanto empeño en callar las injurias con que os provocó vuestro agresor...! Tal vez su atrocidad, representada al Soberano...

TORCUATO.- ¡Ay, señor!, las leyes son recientes y claras, y no dejan refugio alguno al que acepta un desafío. ¿Por qué queríais que dejase perpetuados en el proceso los nombres viles...?

JUSTO.- Pues qué, ¿acaso el marqués...?

TORCUATO.- Me habéis dicho que no me habláis como juez; por eso os voy a responder como amigo. Mi ofensor, señor, era uno de aquellos hombres temerarios a quienes su alto nacimiento y una perversa educación inspiran un orgullo intolerable. En nuestro disgusto me dijo mil denuestos, que yo disimulé a su temeridad. Me desafió varias veces, y yo me desentendí sin contestarle; pero al fin insistió tanto y llevó a tal extremo su provocación, que me echó en cara un defecto... El rubor no me deja repetirle. (TORCUATO se cubre el rostro.)

JUSTO.- Y bien, ¿qué os dijo? Habladme con lisura.

TORCUATO.- (Llorando.) ¡Ay, señor! entre mis desgracias cuento por la mayor la de no saber a quién debo la vida. Yo he sido fruto desdichado de un amor ilegítimo; y aunque este defecto estuvo siempre oculto, ciertos rumores... En fin, el marqués...

JUSTO.- (Sobresaltado y con prontitud.) Ya, ya entiendo... Y, con efecto, ¿habéis nacido en Salamanca?

TORCUATO.- Sí, señor; allí nací, y allí tuve mi primera educación.

 

 

* Imagen: Banco de imágenes del MEC