Durante el siglo XVII algunas monarquías autoritarias lograron incrementar su poder y convertirse en monarquías absolutas. La mayoría de los estados europeos dieron ese paso, aunque hubo otros como Las Provincias Unidas, Inglaterra o Alemania en las que no se instauró o bien fracasó en su intento. En España la monarquía de los Austrias seguía siendo una monarquía autoritaria, pero, con el cambio de dinastía en el siglo XVIII, se instaurará el régimen absolutista.
Los monarcas absolutos se apoyaban en la idea de que el poder del rey provenía directamente de Dios y era a Dios al único al que tenían que rendir cuentas. Los monarcas absolutos trataron de acabar con aquellas instituciones (las Cortes, o los Estados Generales en Francia, la Dieta en Alemania o el Parlamento en Inglaterra) que eran una traba a su poder absoluto.
Para afianzar su poder absoluto los monarcas llevaron a cabo:
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Un fuerte control sobre la Administración. Una Administración centralizada, dirigida desde la Corte del rey y con funcionarios nombrados por éste. Controlaron la economía, la hacienda y el ejército.
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Contaron con un apoyo ideológico que justificaba el poder absoluto del rey. Bossuet, clérigo e intelectual francés, defendía la teoría del origen divino del poder: el poder del rey proviene directamente de Dios. Otros, como Bodin o Hobbes, sostenían que el poder del monarca era la única garantía para evitar que los intereses de diferentes grupos sociales acabase con el orden social establecido.
Francia fue el mejor ejemplo de la monarquía absoluta.